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Carlos González-Ripoll JiménezPeriodista y crítico de arte

En los primeros días de febrero murió en Madrid mi buen amigo don Rafael Botí Gaitán, gran pintor, excelso cordobés y sobre todo, hombre bueno; tres Gracias que sólo concede Dios a sus elegidos.

Ahora en mayo, cuando la primavera revienta de flores, cuando los patios cordobeses son paleta riquísima de colores claros, vivos y fuertes, cuando los claveles y las gitanillas rebosan en las paredes encaladas, creo obligado recordar a su pintor, don Rafael era el pintor de la sencillez y la blancura, de la luz tamizada de una parra, de la maceta, la fuente y la columna de un patio cordobés, de esos patios que como dijo don Manuel Machado de las mujeres de Romero de Torres «todos las conocemos y nadie las conoce», él si los conocía y por eso los cuidaba y mimaba con su pincel.

La pintura de Botí era el candor y la serenidad y con esas virtudes él componía sus cuadros de paredes blancas, fuentes y flores enmarcadas entre añoranzas y nostalgias.

Su obra ha sido extensa en el tiempo y en el espacio y desde esa perspectiva siempre tuvo a Córdoba en la retina y en el recuerdo, así el cañito de la fuente en el Patio de los Naranjos, o los nocturnos de la plaza de Capuchinos, o los del Bailío, los de los patios de la Judería o del Museo son otros tantos recuerdos imborrables en su alma de poeta con una mano sencilla para plasmarlos sobre un lienzo.

Mi amistad con don Rafael viene de lejos, nuestras familias tuvieron trato y amistad y a pesar del tiempo siempre estuvieron en el recuerdo, por eso cuando en el año 1980 le otorgaron la Medalla de Plata de Bellas Artes me apresuré a felicitarle, como era obligación de amistad y paisanaje, y lo hice sobre el catálogo de una exposición de pintura que por aquellas fechas estaba yo realizando; la portada del catálogo era la reproducción de un cuadro titulado Velada en el Santuario de la Fuensanta. Don Rafael me contestó con una carta llena de cariño y afecto, que me atrevo a reproducir en esta ocasión, y en la que se demuestra la sencillez de su corazón de artista.

Por aquel entonces había pintado el cuadro que ambienta a este escrito y que representa a un pintor de Milagros en el Patio del Atrio del Santuario y se me ocurrió enviarle una fotografía con una dedicatoria que venía a decir ¿Don Rafael, se reconoce Vd. en el cuadro? Me contestó agradeciéndome la fotografía y pidiéndome que se la firmase para enmarcarla y ponerla en su estudio, aclarándome «que fuese en la parte inferior que hay en blanco» para que se viese mi firma una vez enmarcado; es natural que así lo hice y en posteriores conversaciones que con él tuve en Córdoba siempre me recordaba el cariño que tenía por ese recuerdo de su juventud.

Córdoba ha sido habitualmente cicatera para con sus hijos ilustres antes de muertos, pero en el caso de este insigne artista supo rendirle homenaje y afecto a su debido tiempo haciéndole Hijo Predilecto, y ello debió de hacerle feliz en su activa y gloriosa ancianidad.

Plumas más capacitadas que la mía hicieron en su día biografías, comentarios y crítica sobre la obra de este gran artista, por ello no he considerado oportuno insistir sobre la profesionalidad de una vida tan largamente dedicada al Arte, pero sí quiero hacer constar una cosa: que un hombre con más de noventa años siguiera pintando con el mismo ánimo y espíritu creativo de su juventud, que pintara jardines y fuentes, flores y paisajes luminosos, que pintara –en una palabra– la primavera de la vida es una gracia de Dios sólo concedida a los hombres de buena voluntad y de espíritu sublime.

No quiero terminar este recuerdo sin citar un párrafo de la necrológica publicada en ABC en la fecha de su muerte por su amigo Jacques Canales, dice así: «Tu primer lienzo fue la entrada al Santuario de la Fuensanta». El último, «llegada al recinto donde te esperan tu esposa y el Amor». ¡Qué hermoso «raid» para tan gran artista!

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