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Francisco Zueras TorrensMiembro de las Asociaciones Nacional e Internacional de Críticos de Arte

Con Francisco Zueras y el Obispo de Córdoba en la exposición que celebró en Madrid el Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba en 1985.

En el pasado mes de mayo le fue concedida a Rafael Botí, el gran maestro cordobés, la Medalla al Mérito a las Bellas Artes, distinción otorgada por el Ministerio de Cultura, como premio a su excepcional labor pictórica desarrollada a lo largo de cincuenta años. Condecoración solicitada en su día por un gran número de intelectuales de prestigio –músicos como Andrés Segovia, Federico Moreno Torroba, Pablo Sorozábal, Ernesto Halffter, Regino Sáinz de la Maza; escritores como Rafael Alberti, José Camón Aznar, Antonio M. Campoy, Antonio Gala, Evaristo Acevedo; artistas plásticos como Benjamín Palencia, José Caballero, Pérez Comendador, Juan de Ávalos; figuras relacionadas con el arte, como los Duques de Alba, Fernando Chueca Goitia, Biosca, Macarrón, Durán, etc.–, a través de un expresivo documento que terminaba así: «Solicitamos, pues, para Rafael Botí, la Medalla al Mérito en las Bellas Artes, y si, como esperamos, es atendida nuestra petición, nos satisfará a todos la concesión inédita; sólo en atención a un historial artístico y otorgada democráticamente para acceder al deseo de una mayoría de artistas, escritores y amantes de las artes en general».

Un merecido galardón nacional éste que viene a unirse a los que hace pocos meses recibió en su Córdoba natal –nombramiento de Hijo Predilecto y concesión de la Medalla de Oro de la Ciudad–, en la que tanto se le quiere y admira. A esta Córdoba a la que, por cierto, hizo un viaje rápido para hacer entrega a la Real Academia de Córdoba de una de sus obras, a manera de «discurso de presentación», ya que fue nombrado Académico Correspondiente de la misma en el pasado diciembre. Acto de recepción académica y de entrega de su bellísimo cuadro titulado El arriate de las petunias, en que tuve el honor de intervenir como introductor, y en el que Botí recibió un prolongado aplauso de afecto y admiración por parte del cuerpo académico y público asistente. La enhorabuena más cordial al admirado maestro y gran amigo. 

ARTE ESPAÑOL 1981 (MADRID, 1981).

 


 

Semblanza biográfica

Rafael Botí Gaitán nació en el año 1900, en el número 21 de la calle Gutiérrez de los Ríos. Sus padres eran Santiago Botí Company, natural de Alcoy (Alicante) y Margarita Gaitán Gavilán, nacida en la localidad cordobesa de El Carpio. Estudió las primeras letras en la escuela de don José Ramírez, en la calle del Poyo, que era el punto de cita de la mayor parte de los niños de Córdoba en aquella época.

Más tarde, pasó al colegio de don Eloy Vaquero, que era gran amigo de su padre y extraordinario pedagogo, nacido en el municipio cordobés de Montalbán, que luego sería uno de los paladines del Ideal Andaluz, junto a Blas Infante, y Alcalde de Córdoba. En el colegio de Eloy Vaquero, Botí coincidió y fue buen amigo de dos alumnos, que luego alcanzarían renombre: José Manuel Rodríguez López, en el mundo de la escultura, y Antonio de la Haba Zurito, en el de los toros.

Siendo muy niño, muere su madre, su padre se casó nuevamente con una mujer que no tenía nada que ver con la especie humana, según definición del propio Botí. Esta incomodidad familiar le empujaba a estar en casa el menor tiempo posible, prefiriendo los juegos y correrías por todo el sector típico que rodea la calle Gutiérrez de los Ríos –plazas de la Almagra y de San Andrés, el Realejo–, actividad que compartía con un entrañable amigo Manolito Pastor, que luego sería notable médico.

Su malestar familiar le impulsó a hacer compatibles sus estudios en el colegio de don Eloy Vaquero con la asistencia a las clases del Conservatorio de Música. Animado por su padre, que era músico en el Centro Filarmónico, adoptó esta decisión ingresando siendo un niño en este Centro, para iniciar los estudios de solfeo y de violín. Muy pronto, haría coincidentes estos estudios con los relacionados con el dibujo y la pintura.
Rafael Botí va descubriendo el ambiente de la Córdoba cultural y popular, en el que se iría integrando poco a poco atraído por las diferentes tertulias culturales. La tertulia del Café Suizo, en las Tendillas –en la que se reunían catedráticos del Instituto, escritores, periodistas y jóvenes artistas– y la de La Granja, en la que se daban cita otros literatos, poetas y artistas plásticos, y a la que se incorporaba Ortega y Gasset, en sus frecuentes viajes a Córdoba.

Otros puntos de reunión eran las tabernas, en las que se rendía culto al vino de Montilla y a la cultura a partes iguales. La taberna de Julián –a la que también asistía Ortega–, en la calle San Álvaro; la del Bolillo, en la Fuenseca, con Julio Romero de Torres como asiduo; la de Camilo, en la calle Morería, etc. Una vida entre cultural y popular la de aquellos primeros años del siglo, que el joven Rafael Botí comenzó a vivir, buscando el contacto con quienes hablaban de música y pintura.

La vida cultural de Córdoba se enriquecería en aquella época con el Ateneo, fundado por el profesor Antonio Jaén Morente, en un piso de la calle Duque de Hornachuelos; el Círculo de la Amistad, que procuraba hacer honor al subtítulo de Liceo Artístico y Literario, etc. Un ambiente culto presidido por la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, en aquel momento dirigida por Teodomiro Ramírez de Arellano, y a la que pertenecían artistas importantes, como el músico Cipriano Martínez Rücker, el escultor Mateo Inurria y el pintor Julio Romero de Torres.

Dos de estos académicos serían fundamentales para estimular definitivamente las inquietudes de Botí, en su doble vertiente de músico y pintor. Uno fue Cipriano Martínez Rücker, personaje apasionante para todo joven con inquietudes musicales, por haber estado en el extranjero perfeccionando sus estudios con Franchini, de la escuela del maestro Mercadante, pensionado por la Diputación. A su regreso a Córdoba logró convertir la Escuela Provincial de Música en Conservatorio, siendo nombrado director. Llenó todo el panorama musical cordobés de la época –famosísimo se hizo su Capricho andaluz–, proyectando su personalidad en Madrid, gozando de la amistad y admiración de Albéniz, Granados, Bretón y Sarasafe. Si decisivo fue el ejemplo de Martínez Rücker para la consolidación de la vocación musical de Rafael Botí, también lo sería la de Julio Romero de Torres para la inclinación pictórica. Un artista éste igualmente aureolado por la fama, al compás de una brillante carrera de premios en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, iniciada en la de 1895 con Mira que bonita era, y culminada con la Primera Medalla de la de 1908, obtenida con Musa gitana. Paralelamente a estos triunfos, que le llevaban a Madrid con frecuencia, Julio Romero de Torres venía ejerciendo una eficaz labor docente en Córdoba, desde que en 1902 fue nombrado profesor numerario de colorido, dibujo y copia del natural, de la Escuela Provincial de Bellas Artes, y posteriormente de la Escuela de Artes y Oficios, que se instalaría en el palacio de los marqueses de Benamejí, en la calle Agustín Moreno.

Cuando Rafael Botí realizaba sus estudios musicales en el Conservatorio fue cuando descubrió el fabuloso mundo de la expresión plástica. Un día, con la caja del violín bajo el brazo entró, tras un grupo de visitantes, en el Museo de Bellas Artes, sintiéndose deslumbrado por los cuadros expuestos. Más tarde llevaron a un grupo de alumnos del colegio de Eloy Vaquero –entre ellos Botí– a visitar el estudio de Julio Romero de Torres. Y las obras modernistas de este famoso maestro que me descubrían una pintura diferente, porque hasta aquel momento no había visto yo más pintura que la religiosa –recuerda el propio Botí–, decidieron su vocación de ser pintor por encima de todo.

Con nueve años, se matricula en la Escuela de Artes y Oficios, creada en 1901 y que desde 1903 era dirigida por el gran escultor Mateo Inurria. En este centro, Rafael Botí tuvo la suerte de tener como profesor directo a Julio Romero de Torres, quien con gran cariño y dedicación le inició en los secretos del dibujo y del color. Junto a este magisterio, el de Ricardo Agrasot, como profesor de Historia del Arte –uno de los dos o tres maestros de la época más al día de las nuevas corrientes sobre la comprensión del arte– y el de Victoriano Chicote que le puso en contacto con el modelado escultórico.

Además de estos maestros, hubo otro artista que fue decisivo en la consolidación pictórica de Botí, en aquella Córdoba de comienzos de siglo, que llegaría a ser su entrañable amigo Enrique Moreno Rodríguez, nacido, también en 1900, en Montalbán. Un joven extraordinario que había llegado a Córdoba con el inmenso bagaje de su quimera cultural, para conectar con el mundo del arte y hacer amistad con otros jóvenes inquietos.
Ingresó en la Escuela de Artes y Oficios, donde conoció a Botí, y cuando realizó los primeros dibujos y esculturas, causaron tal impresión que los condiscípulos le comenzaron a llamar El Fenómeno. Apodo que le quedaría ya para siempre, ratificado por el crítico de arte Aristeo, puesto que Enrique Moreno llegaría a ser un artista de corte intelectual y de espíritu inquieto y rebelde, amigo íntimo de Ortega y Gasset, motor renovador de las artes plásticas en Córdoba –estaba al día de los movimientos vanguardistas europeos– y eje de las tertulias que he citado, en las que se imponía con su erudición, desenvoltura y simpatía.

Grande fue la identificación de Rafael Botí con Enrique Moreno, El Fenómeno –que moriría fusilado en Córdoba, en la madrugada del día 9 de septiembre de 1936, a consecuencia del alzamiento militar que desencadenaría una guerra civil de tres años– hasta el extremo de contagiarle sus inquietudes estéticas renovadoras, orientándole en muchos de los aspectos fundamentales del arte de vanguardia. De tal manera serían decisivas, que Enrique Moreno fue el que animó a su gran amigo Rafael a llevar a cabo su primera aparición pública como pintor, Rafael Botí con sus 16 años cultiva paralelamente y con perfección la música y la pintura. Dos profesiones de las que no se podía vivir en Córdoba. Y buscando mejores horizontes, tanto para completar su formación como para ir solucionando su modo de subsistencia, decide trasladarse a Madrid. Su desconcertada llegada a la capital de España coincide con la declaración del estado de guerra, como consecuencia de la huelga general de 1917. La primera imagen que recuerdo de mi llegada a Madrid –dice Botí– es la de ver en la Puerta del Sol a un guardia a caballo, dándole un sablazo a un ciudadano y meterlo seguidamente en Gobernación.

Rafael Botí descubre la Puerta del Sol que en aquel año de 1917 todavía conservaba reminiscencias de plaza pueblerina, con sus carteleras y mingitorios. Corrillos de hombres indolentes y golfillos pregonando los periódicos, pero también ágora donde pululaban literatos y artistas bohemios. Cerca, en el trozo de la calle de Alcalá hasta el Café Fornos, era el punto de cita de las figuras del arte y la literatura de más categoría.

El primer contacto cultural de Rafael Botí en Madrid fue en el Café Zaragoza, situado en los bajos de la pensión en la que se instaló, cerca de la Puerta del Sol. Atraído por el sonido de la orquesta que animaba las veladas de este café –y sobre todo por el excepcional violinista de la misma–, una noche bajó a este local. Allí se encontró Botí con Antonio Merlo, notable dibujante cordobés amigo suyo, que le había .precedido en la obligada emigración a Madrid. Antonio Merlo, que era asiduo de la tertulia literaria del Café Zaragoza, presentó a su paisano a los contertulios, todos ellos poetas y escritores, músicos y pintores. Profesiones todas que no tenían nada que ver con el comer decentemente, según frase de nuestro pintor.

En aquella tertulia, a la que se integró Botí, figuraban literatos de renombre como Antonio de Hoyos y Vinent –de vivir y vestir refinado, afeminado pero amante de Tórtola Valencia–, Diego San José y Eugenio Noel. Músicos como Juan Tellería, que llegaría a hacerse famoso 19 años más tarde como autor del himno de la Falange. Y Emilio Carrere, el celebrado poeta del Modernismo, al que Botí y algunos contertulios acompañaban en su deambular nocturno por las calles del viejo Madrid, incluidos los lugares siniestros.

Aquella tertulia del Café Zaragoza fue fundamental para Rafael Botí, puesto que consolidó una buena amistad con alguno de los más destacados asistentes. El joven pintor cordobés llegó a ser buen amigo de Eugenio Noel, aquel hombrecito pequeño, regordete, con grandes bigotes y unas grandes melenas que le salían por debajo del hongo. El escritor furibundamente antitaurino, al que Botí le llegaría a dedicar un bello cuadro titulado Brindis a mi amigo Eugenio Noel, que hoy forma parte de la colección artística del Museo Taurino de Córdoba. Aquel hombre verdaderamente notable, que tanto escribía y tanto daba que hablar por sus amores con una corista del Real, con la que había tenido una hija.

Otra amistad surgida allí fue la del citado Emilio Carrere, amigo a su vez de Julio Romero de Torres. Un bohemio, a pesar de que estaba colocado en el Tribunal de Cuentas, siempre vestido de negro, con chambergo y chalina; de ojo estrábico y como tuerto, de grandes melenas y que fumaba en pipa. Y que en la tertulia del Café Zaragoza, como en todas partes, tendía a ser irónico y designaba a los escritores que no eran de su agrado anteponiéndoles el “señor”.

Aquella primera tertulia madrileña, le enseñó algo a Rafael Botí, que él comenta de esta manera: En aquella tertulia literaria del Café Zaragoza estuve observando noche tras noche, y aprendí que había que hablar mal de todos, y sobre todo de los compañeros. Aunque esto yo no lo practicaría nada más que en los momentos justos. Y aquella tertulia le enseñó otra cosa: que en Madrid había demasiados músicos y pintores y que lo que había hacer era estudiar y trabajar firmemente, si es que quería situarse.

Tras conseguir una plaza de músico en una de las orquestas que actuaban en los cafés, se matriculó en el Conservatorio Superior de Música, donde, entre otros, tendría como profesor a Conrado del Campo, que le enseñaría la técnica de la composición. Viendo en el campo musical el medio más inmediato para asegurarse unos ingresos que le permitieran organizar una familia, se toma los estudios tan en serio que, dos años más tarde, en 1919, obtiene la plaza de profesor de viola de la Orquesta Filarmónica de Madrid.

Pero a pesar del agobio de los ensayos y los conciertos, Rafael Botí no se resigna a abandonar sus estudios de pintor y se matricula también por libre, en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando. Y conoce en este momento de 1919 al pintor Daniel Vázquez Díaz, que pasaría a ser esencial para el desarrollo total de sus inquietudes pictóricas. Botí pasa a formar parte del primer grupo de alumnos que el maestro de Nerva acepta como tales en su estudio del número 119 de la calle Lagasca.

En este grupo estaban, junto al cordobés, Olasagasti, Pablo Celaya, Díaz Caneja y Rodríguez Acosta, incorporándose más tarde otros jóvenes inquietos: José Caballero, Juan Antonio Morales y el cordobés Ángel López-Obrero.

Rafael Botí llegaría a ser muy pronto no solo uno de los discípulos preferidos de Vázquez Díaz sino el más entrañable amigo. Hay que destacar que el maestro onubense, que había nacido en la localidad de Nerva en 1882, era el máximo motivo de atracción de los jóvenes pintores con ansias renovadoras, pues no en balde había vivido trece años en París en contacto con las grandes revoluciones plásticas.

El pintor de Córdoba decidió seguir el magisterio de Vázquez Díaz, a pesar de los consejos en contra. Como él mismo dice: A los que tuvimos en aquellos años la valentía de ser sus discípulos y amigos se nos tachó de insensatos. Vázquez Díaz irritaba y entre otros improperios le llamaban antiespañol y cubista. Se negaban a comprender que era el hombre que devolvería a la gran Pintura Española las enseñanzas que de ella sacaron los maestros franceses.

Daniel Vázquez Díaz era admirado por los jóvenes pintores españoles inquietos, porque él le había tomado el pulso –como nadie en España– a lo nuevo de aquel tiempo. En París había sorbido la médula del tempo creador de Cezanne y el Cubismo, para configurar su estilo personalísimo, que tanto influía en Botí y sus jóvenes colegas. Lo cezaniano estaría luego en muchos de los paisajes de Vázquez Díaz y de estos discípulos de la calle Lagasca, así como el Cubismo que les serviría para afianzarse en la calculadora noción de lo geométrico.

Vázquez Díaz era querido y admirado por Rafael Botí y sus compañeros, al que veían nimbado por el resplandor de la fama de haber sido amigo en París de grandes creadores.

De Bourdelle, al que Vázquez Díaz acompañaba en sus clases de la Grande Chaumiere, oyendo sus correcciones y consejos a los jóvenes escultores, o en sus trabajos de decoración del Teatro de los Campos Elíseos. Amigo íntimo de Juan Gris –de quien se influiría para siempre en la fragmentación en planos de los personajes que el artista de Nerva pintaría luego–, y de Picasso, con el que había expuesto en la capital francesa.

El magisterio de Don Daniel, como le llamaban sus discípulos, se extendía también al marco de las exposiciones que celebraba en Madrid, que eran otras lecciones supremas para Botí y sus amigos. Como la que celebró Vázquez Díaz, en 1921, en el Museo de Arte Moderno –que fue presentada por el poeta Juan Ramón Jiménez junto a las esculturas de su esposa Eva Aggerholm–. O las exposiciones de 1927 en el mismo Museo, en una de las cuales expondría los primeros bocetos de los frescos de La Rábida, que comenzaría dos años más tarde.

Rafael Botí fue, uno de sus discípulos preferidos y posiblemente el más querido, como lo demostraría a lo largo de su vida. Los elogios de Vázquez Díaz al joven cordobés serían constantes. En una ocasión escribiría esto: Siempre he sentido una devoción especial hacia hombres como Botí, entregados a la realización de una obra en silencio, poniendo en ella lo más hondo de su corazón que hace que la obra sea tan pura como el alma de un niño. Y en otra ocasión, refiriéndose a la dualidad de músico y pintor, difundiría esta bella frase: En los paisajes de Botí hay que guardar silencio para escuchar su música. Este pintor tiene un violín, que deja en su casa cuando viene al campo, para oír la melodía de los cielos.

La labor de Vázquez Díaz y de sus fieles seguidores tenía mucho de quijotesca en aquel Madrid, en el que lo que privaba era el academicismo –propiciado por el oficialismo burocrático de las Exposiciones Nacionales–, que había fructificado en los gustos de un público adicto que estaba tan dispuesto a aplaudir a un López Mezquita o a un Eugenio Hermoso, como a abuchear a este Vázquez Díaz o al pobre Solana.

Esto había hecho que la revolución en pro de lo nuevo se gestará en las tertulias literarias. Por ejemplo, la revolución del Modernismo y del Ultraísmo tenía uno de sus bastiones en el Café Zaragoza, que había conocido Botí a su llegada a Madrid. Pero también y sobre todo en el Café Nuevo Levante, del número 15 de la calle Arenal, con su tertulia presidida por Ramón del Valle Inclán, y a la que asistían Julio Romero de Torres, su gran amigo, Ricardo Baroja, Rafael de Penagos, Solana y Zuloaga, además de bastantes literatos, todos férvidos oyentes del violinista Corvino.

Una tertulia aquella del Nuevo Levante, que era la máxima atracción de los que como Rafael Botí llegaban a Madrid, sobre todo por el anecdotario que circulaba. De la misma manera que el cordobés salía del Café Zaragoza con la comitiva nocturna de Emilio Carrere, los de este café salían con Valle Inclán hacia la Plaza de Oriente. Y allí, mientras Villaespesa y otros contertulios increpaban a la teoría de blancas estatuas de reyes y reinas, don Ramón, plantado ante el Palacio Real, apostrofaba a sus regios habitantes en nombre de su credo carlista: ¡Usurpadores austriacos, levantaos y dejad ese trono a Don Carlos, su verdadero dueño! ¡Huid o venid a luchar con el Marqués de Bradomín, que aquí os espera.

Un ambiente verdaderamente subyugante el del Madrid que fue descubriendo Rafael Botí a su llegada, con éstas y otras tertulias. Como la del Café Colonial, santuario del Ultraísmo, con el escritor sevillano Cansinos-Assens a la cabeza, y a la que un buen día llegaría, para adherirse a este movimiento, un joven poeta argentino, con lentes y aire de profesor, llamado Jorge Luís Borges, y su hermana Norah, gran dibujante. Superada la revolución del Modernismo a la llegada de Botí, otras tertulias habían pasado a hacerse famosas. Por ejemplo, la del Café de Pombo, –iniciada un año antes de la arribada del joven pintor cordobés, por Ramón Gómez de la Serna, en la calle Carretas en la que se daban cita escritores y artistas renovadores–, quien había inaugurado muy cerca de este café, en la calle del Carmen, el Salón de Arte Moderno, donde organizaría la primera exposición vanguardista bajo el nombre de Pintores Íntegros, que fue la primera aproximación del público madrileño al Cubismo.

En los primeros tiempos de Rafael Botí en Madrid, el Café de Pombo era el santuario de la vanguardia. Por ejemplo, con motivo de la presencia en la capital de los Ballets Rusos de Diaghilev, allí se le organizó un gran homenaje a Picasso, autor de los decorados de Parade, que pasó a ser un acto de afirmación vanguardista. Los contertulios pertenecían a las ramas artística y literaria –Manuel Abril, Tomás Borrás, José Bergamín, Bacarisse, Solana, Penagos, etc.– y con uno de ellos llegaría a ser Botí gran amigo: el pintor santanderino-madrileño José Gutiérrez Solana.

Solana, creador de un dramático expresionismo, místico en estado salvaje, energúmeno evangélico, materia ascética en trance germinal, plástico bárbaro y humanista de candil –como lo definió Faraldo– cimentó una profunda amistad con Rafael Botí. A ambos les unía, por otra parte, su afición a los toros, ya que si el cordobés había alimentado la idea, en su tierra natal, de ser torero, Solana lo lograría, precisamente en la provincia de Córdoba, en Montilla, toreando con la cuadrilla del Bombé. Muchos contactos tuvieron Botí y Solana en aquellos tiempos, que muchas veces terminaban ante unos vasos de vino en la Taberna de los Anticuarios, de la calle del León.

Otra tertulia posterior sería decisiva para la proyección del arte nuevo, con el que soñaban Rafael Botí y sus colegas de la calle Lagasca. Esta tuvo lugar entre los años 1920 y 1924 en el café Lyon d’ Or, de la calle de Alcalá, de la que fue pontífice Daniel Vázquez Díaz, su querido maestro. Allí se reunieron diversos artistas con inquietudes de modernidad –Barradas, Sunyer, Bagaría, Moreno Villa, Iturrino, Ángeles Ortiz, Alberto Sánchez, Hidalgo de Caviedes, etc.– junto a escritores vanguardistas, como García Lorca, Alberti, Eugenio d’Ors, Guillermo de Torre y otros. En aquella tertulia, a la que también asistían Botí y Solana, así como algunos artistas extranjeros –como el cubista Roberto Delaunay, a la sazón en España– se tomó el acuerdo de crear un salón que se llamaría Salón de los Artistas Ibéricos. Se organizó una exposición en el Parque del Retiro, que estaba formada con un prurito de independencia oficial, acogedor de todas las tendencias –sobre todo relacionadas con el Cubismo, el Surrealismo y el Expresionismo–, que no encontraban reconocimiento en las Exposiciones Nacionales. La exposición fue polémica pero fue un gran intento programático vanguardista, con proyección de futuro.

Trazada esta panorámica, encaminada a reflejar al estimulador ambiente que vivió Botí en Madrid en los primeros años –decisivos para su asimilación de lo vanguardista–, ha llegado el momento de hablar de su primera aparición pública como pintor. Rafael Botí se considera suficientemente formado y decide hacer una exposición de sus obras, eligiendo como lugar del acontecimiento su amada Córdoba, a la que se había desplazado en distintas ocasiones a pintar su paisaje.

En contacto permanente con su gran amigo Enrique Moreno, ambos deciden hacer una exposición en el Círculo de la Amistad. Esta tuvo lugar en el año 1923 y constituyó un importante éxito para ambos artistas, causando admiración y sorpresa entre sus paisanos, el rotundo neocubismo de El Fenómeno y la pintura de Botí, en la que ya estaba latente la lírica modernidad de Vázquez Díaz, su maestro y amigo.

Una exposición memorable aquélla de Córdoba, que se vería rodeada de la atención intelectual el Círculo de la Amistad pronunció una conferencia con tal motivo, el profesor Antonio Jaén Morente–, y que fue presentada en el catálogo por Ricardo Agrasot, aquel profesor de Historia del Arte de la Escuela de Artes y Oficios, en la que ambos habían dado sus primeros pasos artísticos.

En el catálogo de aquella exposición, Agrasot escribía cosas como ésta: Si llegas, lector, a darte perfecta cuenta de esta significación de los jóvenes artistas Botí y Moreno, sentirás como dentro de ti se abren y se ensanchan las puertas de la simpatía hacia esas formas de arte que tienen el valor de apartarse de lo vulgar y corriente, para buscar nuevos y personales caminos.

En esta primera exposición de su carrera, Botí presentó 18 cuadros, algunos con temas del paisaje cordobés –Una mancha de alcornocales de la Sierra de Córdoba, Jardín, Los tres cipreses de la huerta, Patio cordobés, etc.–, siete paisajes de Madrid y el resto de Puente Genil, Cabra y Linares; obras todas ellas llenas de lirismo y originalidad en la composición y el cromatismo. Su amigo Enrique Moreno exhibió tres magníficas composiciones –Amalia la gitana, Sensibilidad y Estudio para una figura de decoración mural y los bustos de Rafael Romero Pellicer, Carlos Pastrana y Miguel Nogales.

La prensa cordobesa echaría las campanas al vuelo por esta exposición del Círculo de la Amistad, de 1923. Marcelino Durán de Velilla escribía en La Voz de Córdoba, refiriéndose al pintor: Rafael Botí se nos muestra en sus cuadros como un verdadero enamorado de la naturaleza, cuya belleza hubiera pasado desapercibida para los ojos profanos.

Rafael Castiñeira escribía en las páginas de Córdoba libre: Nosotros hemos seguido de cerca al pintor de paisajes Botí (con acento ¡eh!), lo conocemos personalmente, oímos la brillante conferencia pronunciada por don Antonio Jaén Morente, ante la exposición de sus cuadros en el Círculo de la Amistad. Y cada vez estamos más convencidos de que es “gente”, de que se ha descubierto a un artista de los que llegan.

Rafael Botí vuelve a Madrid muy satisfecho por el reconocimiento de sus paisanos, y al año siguiente contrae matrimonio con la cordobesa Isidra Torres, mujer de bondad infinita. Conecta de nuevo con Vázquez Díaz y con sus condiscípulos, y también con otros artistas inquietos que se daban cita en el Café de Oriente y otros más de la Glorieta de Atocha, donde se pontificaba y discutía en pro del arte nuevo. Como Rafael Barradas, el pintor uruguayo que había llegado a España en 1913, para pasar a ser el personaje más significativo de la vanguardia.

Tertulias en las que Botí cimentaría otras amistades, como la de Aurelio Arteta, el gran pintor bilbaíno que había asimilado muy bien los conceptos de Vázquez Díaz. O como el escultor toledano Alberto Sánchez –conocido como Alberto el Panadero, porque trabajaba en una tahona–, que luego llegaría a ser la gran figura de la escultura vanguardista española. Y que por aquellos meses, tras su rotundo éxito en el Salón de los Artistas Ibéricos, estaba a punto de conseguir una beca de la Diputación de Toledo.

Y Rafael Botí incrementó su contacto con los jóvenes artistas de Córdoba. En 1924 hizo un viaje acompañando a Vázquez Díaz, que tenía necesidad de hacer unos dibujos del natural del torero Guerrita. Don Daniel fue agasajado en Córdoba por Botí y Enrique Moreno, en los tres días de estancia, organizando en su honor una audición de música clásica en casa de Rafael de Montis, que era paisano del onubense. Y allí, Rafael Botí y El Fenómeno le presentaron a Vázquez Díaz a un jovencito llamado Ángel López-Obrero, con grandes aptitudes para la pintura.

En 1927 Botí decide presentarse en Madrid como pintor, de manera individual. Y esto lo lleva a cabo en Casa Nancy, prestigiosa sala de la Carrera San Jerónimo, alcanzando un gran éxito. Sorprendió al público madrileño la renovadora plástica del pintor cordobés, aplicada al paisaje con preferencia. Con la que, asimilando el ejemplo de Vázquez Díaz se alejaba de toda servidumbre impresionista –de la que todavía había reminiscencias en la exposición celebrada en Córdoba– y de toda retórica grandilocuente.

El artista cordobés Antonio Merlo, residente en Madrid hacía tiempo –el que había introducido a Botí en la tertulia del Café Zaragoza– escribiría sobre esta exposición en las páginas de la revista Pintura Moderna. En su primer párrafo decía: El éxito alcanzado por el pintor cordobés Rafael Botí, con la exposición de sus paisajes abierta en la “Casa Nancy”, es de lo que producen en las gentes “del oficio” tanto consuelo como sorpresa: tan raro es, por desgracia, el caso de que un joven artista, que no intriga ni tiene padrinos, logre en una primera exposición de sus obras el más franco triunfo entre los profesionales y la crítica.

En esta época Rafael Botí tiene la agradable sorpresa de recibir en su casa a Ángel López-Obrero, su paisano y amigo, que había llegado a Madrid pensionado por la Diputación de Córdoba, para estudiar en la Escuela de San Fernando. Admirador de Vázquez Díaz –al que había conocido en Córdoba–, por el sentido renovador de su pintura, López-Obrero simultanea sus estudios oficiales con los del estudio particular del maestro onubense.
En 1927, Botí tiene ocasión de recibir y orientar a otro artista paisano, al montoreño Antonio Rodríguez Luna, que había llegado a Madrid procedente de Sevilla, donde había estudiado en la Escuela de Artes y Oficios. Luna establece relación también con Vázquez Díaz, pasando al estudio de Timoteo Pérez Rubio, otro maestro de la modernidad.

Estos artistas cordobeses se integrarán en dos grupos distintos, aunque unidos por el denominador común de la modernidad. El de Timoteo Pérez Rubio –al que pertenecían Rodríguez Luna, Navarro Ramón, Enrique Climent y Santiago Pelegrín–, y el de Vázquez Díaz, al que pertenecían Rafael Botí, López-Obrero, Díaz Caneja, etc. Todos estos artistas fueron fundiéndose en el crisol de la amistad y de la inquietud vanguardista, hasta el extremo de acometer una empresa común: la creación de un salón llamado de Los Independientes.

Este Salón de los Independientes pasa a ser un acontecimiento muy importante para la eclosión vanguardista, con sus dos ediciones que se celebrarían en el salón de exposiciones de Heraldo de Madrid, a partir de 1927. En ellos participaron veinte artistas: los cordobeses Rafael Botí, Ángel López-Obrero y Antonio Rodríguez Luna; y artistas de distintas provincias residentes en Madrid: el valenciano Enrique Climent, el sevillano Francisco Mateos, el aragonés Santiago Pelegrín, el alicantino Navarro Ramón, el castellano Díaz Caneja. Y Arronte, Cobo Barquera, De Torre, Insúa, Isaías Díaz, Ontañón, Ponce de León, etc.

Rafael Botí había llegado a una madurez pictórica total, conseguida a base de un agotador esfuerzo, puesto que tenía que ensayar y participar en los conciertos de la Filarmónica, y tocar por la noche en los teatros hasta las dos o las tres de la madrugada. A pesar de todo esto, pintaba sin tregua, alcanzando una madurez que había cristalizado en obras magistrales que fueron muy celebradas: Jardín Botánico, Córdoba mora, El patio de la Fuensanta.

Apasionado cada día más por lo nuevo, Botí sueña con ir a París para establecer contacto con aquellas vanguardias. Logra esta ilusión en 1929, gracias a la Diputación Provincial de Córdoba, que le concede una beca. En la capital de Francia estudia a Picasso y a Braque, al Cubismo en suma, que a él le había llegado en Madrid transfigurado por Vázquez Díaz. Y también estudia a Cezanne, Matisse y Rousseau. Es decir, a todos los que –además de Vázquez Díaz y Regoyos– contribuirían a la configuración definitiva de su personalidad.

Tras este viaje, Botí llega al cenit de su arte, poniendo en música colores y formas, sonorizando la pintura. Sabiendo ya que toda obra de creación constituye una empresa heroica, que se realiza no en un cuadro o una exposición, sino a lo largo de toda una vida de dedicación, de entrega y de renuncias. Al cabo de aquellas búsquedas y asimilaciones que he citado, siendo fiel a sí mismo –y dispuesto a pasar impertérrito a través de modos y modas–, Rafael Botí se encontraba ya inserto, al comenzar la década de los 30, en una privilegiada situación de modernidad.

En 1930 nace su hijo Rafael, que llegaría a ser decisivo en su carrera futura, y es galardonado en Granada en la Exposición Nacional de Turismo. Y está presente con sus obras en la Exposición Nacional de Bellas Artes y en la del Círculo de Bellas Artes. Al año siguiente, la Diputación Provincial de Córdoba, que sigue con atención la brillante trayectoria de Rafael Botí, vuelve a concederle una beca para que marche nuevamente a París, para ampliar sus conocimientos.

A su regreso celebra en Córdoba una magna exposición de sus obras que entusiasmarían a sus paisanos y despertarían comentarios elogiosos. El notable periodista Fernando Vázquez destacaría en La Voz de Córdoba este éxito: En el caso de Rafael Botí, a quien el señor Guerra Lozano con plausible galantería, le ha cedido el hall de entrada de la Diputación para que exponga sus pinturas, no es empresa difícil hallar al artista. Sin quimeras, sin alucinaciones, sin complejos de perplejidad, nos sale al paso desde el espectro de sus paisajes. Paisaje que es reflejo de las alegrías y dulzuras de la naturaleza en un espíritu melancólico y sensual.
Rafael Botí ha vuelto a España en 1931, coincidiendo casi con la proclamación de la República. Ante la nueva situación no quiere ser artista encerrado en su torre de marfil, sino que quiere luchar en pro de la transformación cultural que necesita el país. Y encabeza un Manifiesto dirigido a la opinión pública y los poderes públicos, que se publicaría en el diario La Tierra, el 29 de abril, es decir, quince días después de la proclamación de la República. Junto a la firma de Botí está la de su amigo y paisano Antonio Rodríguez Luna, y las de otros artistas: Moreno Villa, Mateos, Climent, Barral, etc.

El texto de aquel importante Manifiesto decía así:

Queremos que el hundimiento de un régimen político confeccionado con la opresión y la arbitrariedad, traiga consigo, como consecuencia, renovación en todas las manifestaciones sociales que, como la artística, han estado sujetas a un régimen opuesto a toda idea que significase un cambio en las viejas costumbres.

El procedimiento seguido por los representantes oficiales del arte en el régimen caído valió, con la organización absurda de toda manifestación artística nacional, para crear un arte oficial viejo, caduco y representativo de la España muerta.

Ha valido para hacer de nuestros museos de arte almacenes particulares llenos de polvo, cuyas llaves se han guardado celosamente contra todo lo que significase renovación.

Para que el gran número de artistas españoles de fama mundial, sintiendo sus voces ahogadas en España, se mantengan fuera de ella y toda manifestación de arte dentro de su país.

La organización absurda de los certámenes oficiales, unida a la notoria incapacidad y arbitrariedad de sus dirigentes, ha desprestigiado nuestra actividad social en la conciencia de la opinión pública española y aún de la europea.

Queremos y nos organizamos en Agrupación Gremial de Artistas Plásticos y hacemos un llamamiento a la opinión y a los artistas, con la seguridad de ser secundados en nuestros propósitos.
Lucharemos contra todo lo que signifique arbitrariedad y daremos, en la medida que nos permiten nuestras fuerzas, un sentido amplio y renovador a la vida artística nacional, recabando los derechos que como clase nos corresponden, para garantizar el libre ejercicio de nuestra actividad.

Gran impacto produjo este Manifiesto dirigido a la opinión pública y los poderes públicos, y verdaderamente notable fue el papel que Rafael Botí jugó en la Agrupación Gremial de Artistas Plásticos, en su lucha porque todo dejase de ser como había sido, a lo largo de los primeros meses republicanos. A pesar de esta actividad y la musical, sigue pintando y exponiendo en aquel período 1931-1936: Museo de Arte Moderno, Nueva Federación de las Artes, Lyceum Club Femenino, Asociación de Artistas Vascos, en Bilbao; e incluso está presente en Córdoba, a primeros de 1936, en la Exposición Regional de Bellas Artes.

Exposiciones las de Botí que son otras tantas aportaciones a la vanguardia española, que está a punto de morir, a causa de los trágicos acontecimientos que se van a desencadenar. Como un canto del cisne, a principios de 1936 se inaugura en Madrid, en el número 32 de la Carrera de San Jerónimo, un local llamado Centro de la Construcción, en el que se celebra una exposición de 25 obras de Pablo Picasso, que despertó una extraordinaria atención.

Después de esta muestra, organizada por los Amigos de las Artes Nuevas, expuso en esta sala Maruja Mallo –que había realizado con el músico Roberto Halffter el espectáculo Clavileño, representado en la Residencia de Estudiantes– y seguidamente Alberto Sánchez y Moreno Villa. Y el Museo de Arte Moderno inauguraba en marzo la gran exposición antológica de Max Ernst, que significaba un rotundo síntoma del cambio en la actitud de los poderes oficiales, en cuanto al arte, por el que había luchado Rafael Botí y sus colegas desde el primer momento de la proclamación de la República.

Estalla la guerra civil y aquel Madrid, escenario de cultura renovada, pasa a ser una ciudad asediada durante tres años. El implacable terror del sangriento conflicto hace vivir a Botí y a su familia las sucesivas y tremendas horas de los bombardeos. En uno de estos bombardeos vería destruirse totalmente su vivienda y se traslada a Manzanares (Ciudad Real) donde ejerce durante los tres años de la guerra como profesor de dibujo y bibliotecario de su Instituto de Enseñanza Media. Rafael Botí sufre mil calamidades, con su buena esposa Isidra Torres y su hijo Rafael, que es un niño de siete años. Y también sufre la pesadumbre de ir conociendo el trágico final de artistas amigos –como Emiliano Barral y Pérez Mateos, muertos en el frente–, y sobre todo el final de su entrañable Enrique Moreno, El Fenómeno, que había sido fusilado en Córdoba por los franquistas. Todo esto traumatiza de tal manera a Rafael Botí, que en aquellos años solo pinta un pequeño cuadro titulado Patio manchego. Tampoco en aquel Madrid asediado podía encontrar Botí el lenitivo del contacto con los artistas amigos. Muchos de ellos estaban en el frente, y otros –como su amigo Solana– habían sido trasladados a Valencia, nueva capital de la República, a la residencia para intelectuales de la Casa de la Cultura. Solamente podía tener contacto con Vázquez Díaz, que no salió de Madrid y seguía dando clases en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Y hace apuntes en la calle, como recordando su época francesa de dibujante de guerra, en 1914, en la que realizó su serie Ciudades mártires, con aspectos de Reims y Verdún.

Su amigo Rafael Botí relata así una anécdota de aquellos momentos del Madrid asediado:

Durante la guerra le sorprende un bombardeo. Va resguardándose de la lluvia de obuses, pero al pasar por un lugar que la luz de aquel instante baña de un modo especial, le hace olvidarse de todo y sacando papel y lápiz se pone a dibujar. Dos milicianos se acercan a Vázquez Díaz con la pretensión de llevárselo. Como hubiesen hecho si no tiene la suerte de que cruzara otro más inteligente, que se conformó con reconvenirle diciéndole que no eran momentos “para meterse en dibujos.

Al finalizar la contienda con el triunfo del general Franco, la mayor parte de los artistas amigos de Botí parten hacia el exilio. Antonio Merlo a Francia; otros a México: Antonio Rodríguez Luna, Aurelio Arteta, Enrique Climent, etc. Un exilio del que muchos ya no volverían. Aurelio Arteta murió en México nada más llegar, atropellado por un tranvía, y Alberto Sánchez sería enterrado en Moscú, después de desarrollar allí una brillante labor artística.

Otros no eligieron el camino del exilio y fueron encarcelados: Ángel López-Obrero, Francisco Mateos, Eduardo Vicente, etc.

Rafael Botí se quedó en Madrid viviendo un exilio interior, que le llevó a no exponer hasta veinte años después de acabada la guerra. Vive de la música, actuando en los conciertos de la Filarmónica y actuando en las orquestas de los teatros. Pinta poco a poco con más intensidad, pero no quiere exponer, por el trauma espiritual que lleva encima y porque comprende que su pintura, impregnada de modernidad, poco tenía que hacer en aquel clima de academicismo y tradicionalismo que se había impuesto oficialmente.

Animado por su hijo Rafael vuelve a participar en exposiciones colectivas a partir de 1951 –I Bienal Hispanoamericana de Arte, Exposición de Pintura Española en el Museo de San Marcos de Lima–, año en que se inició una apertura vanguardista impuesta por Ruiz Jiménez, entonces ministro de Educación Nacional, dentro de la política llamada de Hispanidad, en la que jugaron un papel importante estas exposiciones. Por fin, en 1959 Rafael Botí hace una exposición personal en la Sala Minerva, del Círculo de Bellas Artes de Madrid, que fue un clamoroso éxito. Fue presentada por su gran amigo José Caballero, condiscípulo suyo en la época del estudio de Vázquez Díaz. Un párrafo de este texto decía: En la barahaunda general del remolino histórico, un hombre que nunca ha sentido la necesidad de deslumbrar, apartado de las recompensas oficiales y con una fe inquebrantable en la pintura, se columpia sonámbulo sobre los días manchados por revoluciones y por guerras, pintando sin apremios en un mundo lleno de inquietud.

Y a partir de esta exposición personal, la primera después de la guerra civil, se sucederían muchas otras. Bastantes de ellas se celebraron en Córdoba –galerías Studio 52 y Juan de Mesa, Conservatorio Superior de Música, etc.–, lo que le ha permitido volver a su ciudad natal una y otra vez, recorriendo sus lugares de juventud y cultivando las viejas amistades.

Todas estas exposiciones, tanto las de Madrid como las de Córdoba y de los distintos puntos de España, han sido otros tantos éxitos, como se puede deducir, fielmente también, de la antología de comentarios –que igualmente se incluyen a continuación– firmados por los más prestigiosos críticos de arte. Escritores que han estudiado con atención su evolución estética y han dedicado los más encendidos y merecidos elogios a este gran pintor cordobés.

En el año 1979 comenzó a recibir Rafael Botí los máximos galardones, como reconocimiento de su brillante carrera. El Ayuntamiento de la Córdoba decidió honrar a Botí con el nombramiento de Hijo Predilecto y con la concesión de la Medalla de Oro de la Ciudad. La Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba le nombró académico correspondiente, entregando, a manera de discurso de presentación, una obra bellísima titulada El arriate de las petunias.

Y en 1980, el Ministerio de Cultura le concedió la Medalla de Plata al Mérito en las Bellas Artes, que había sido solicitada por la plana mayor española de la literatura, la pintura y la música, de las distintas generaciones. Músicos como Andrés Segovia, Federico Moreno Torroba, Pablo Sorozábal, Ernesto Halffter y Regino Sáinz de la Maza. Escritores como José Camón Aznar, Rafael Alberti, Antonio Gala, Antonio M. Campoy y Evaristo Acevedo. Artistas plásticos como Benjamín Palencia, José Caballero, Álvaro Delgado, Pérez Comendador, Juan de Ávalos. Figuras relacionadas con el arte, el coleccionismo y las galerías: Fernando Chueca Goitia, los Duques de Alba, Biosca, Macarrón, Durán. Con todas estas personalidades tuvo amistad Rafael Botí, puesto que siempre ha sido fiel a los sinceros afectos. Desde su reincorporación a la vida artística madrileña, siguió teniendo estrecho contacto con su amigo y maestro Daniel Vázquez Díaz hasta el mismo momento de su muerte el 17 de marzo de 1969. Y con los colegas supervivientes de la aventura vanguardista de anteguerra, como José Caballero –en cuyo estudio se celebraron animadas tertulias–, Juan Antonio Morales o Isaías Díaz. No faltando la relación afectiva con miembros de aquellas legendarias tertulias, como Tomás Borrás, de la de Pombo, y Enrique Llovet.

Su contacto con los artistas de Córdoba fue tan afectuoso como permanente. Con Pedro Bueno, el gran pintor de Villa del Río, triunfador en Madrid desde su aparición en 1943 en el Salón de los Once, y con los residentes en Córdoba, como López-Obrero y Antonio Povedano. Y con los amigos de la aventura cultural cordobesa anterior a la guerra civil, como el desaparecido Rafael Castejón y Martínez de Arizala o el poeta Juan Bemier, a quienes ha abrazado siempre a raíz de sus exposiciones en la galería Studio 52, de la mano de Pepe Jiménez, o con motivo de los homenajes.

Paralelamente a estos reencuentros y aquellos honores, Rafael Botí siguió pintando incansablemente en su estudio madrileño del 165 de la Avenida de Portugal, o en sus salidas a la Casa de Campo, Torrelodones o El Tomillar. Para seguir captando aquellos paisajes, en los que hace gala de una prodigiosa frescura plástica, de un ardor verdaderamente juvenil. Creando, como siempre, una pintura fragantemente sensual y musicalmente intimista, como bien define el crítico Antonio M. Campoy, su gran amigo.

Son cuadros los de Rafael Botí en los que se mezcla sabiamente la poesía con la realidad. Por eso es que un prestigioso becario, compuesta por una apabullante cantidad de cuadros, viene a dar la razón a tantos y tantos elogios emitidos por la crítica más exigente. Y que yo, que en tantas ocasiones me he ocupado del admirado maestro Rafael Botí –escribí un libro sobre él, que fue editado por el Monte de Piedad de Córdoba; redacté infinidad de artículos y diserté públicamente sobre su personalidad–, ante estos cuadros que se exponen, me reafirmo en la certeza de la eternidad plástica de este gran maestro.

Sin duda alguna, la obra de este pintor cordobés es y será eternamente joven. Una eternidad que es producto de una visión sincera de la naturaleza. Porque si este joven de 86 años pinta, tomándolos del natural, unos árboles o unas flores, es porque “ve” esas cosas en sí mismas y participa de su existencia. Por eso es que en los colores –tan personales y sabiamente elaborados de los cuadros que se agrupan en esta exposición–, hay palpable, poética existencia de chispas incandescentes de luz solar, ondas de aire e los paisajes de este maestro, a pesar de su lírica idealización, huelen, calientan, deslumbran. Cuadros en los que la Naturaleza y el Pintor –con mayúsculas–, unidos y compenetrados, han sabido colaborar en una realidad siempre nueva, que participa de la materia y el espíritu. Que es a la vez “paisaje de la tierra y el alma”, recreación respetuosa, religación entre el ambiente y el hombre: poema.

Con la frase de Francisco José León Tello, en la revista Goya, que asegura que en la representación de patios y rincones cordobeses Botí traduce el alma de Córdoba, y la de Rafael Castejón que habla del espolazo esencial de Córdoba presente en la pintura de este maestro. La aseveración de Antonio Gala de que ha conseguido un evidente paralelo con mi Andalucía que es la suya, y la hipótesis de Enrique Azcoaga de que Botí le debe a Córdoba, lo que Córdoba tiene de laberinto desvelado. O la rotunda afirmación de Marino Gómez Santos de que Botí cordobés hasta los huesos, su vida está dedicada al homenaje de su tierra.

Efectivamente, la relación entre Córdoba y Rafael Botí ha sido constante. No solo desde este punto de vista plástico sino desde los más insólitos aspectos. Por ejemplo, Botí ejerció de cordobés en un curioso caso, que merece ser destacado en estas páginas. Vázquez Díaz había conocido al gran torero cordobés Manolete en el Hotel Victoria, de Madrid, y le mostró su deseo de hacerle un retrato de gran formato. Le dijo que quería pintarle con traje de tabaco y oro, y Manolete se lo tomó tan en serio que pocos días después ya lo tenía hecho, comenzando el pintor onubense el primer abocetamiento.

La tragedia de Linares le sorprendió cuando trataba de recoger en el lienzo la cabeza y las manos del torero, faltando todo lo concerniente al cuerpo. Rafael Botí, que había querido ser torero en su juventud, influido quizá porque su padre era muy amigo de Rafael Guerra Guerrita, no vaciló en vestirse de luces a los 47 años, con aquel traje tabaco y oro. Posando día a día como modelo para que su amigo Vázquez Díaz pudiera terminar el luego famoso retrato de Manolete, su admirado paisano.

Ahí está la frase del escritor Tomás Borrás, el amigo de la tertulia de Pombo, diciendo que musicalmente la pintura de Botí es cantata, o la del crítico Antonio Cobos, que descubrió en su pintura musicalidad hecha de ritmos y armonías. Y ahí está la contundencia del gran compositor Federico Moreno Torroba, al reconocer que su amigo Botí es excepcional como artista musical y pintor. O el acierto de Antonio M. Campoy al decir que un casto aire musical recorre sus composiciones.

Efectivamente, Rafael Botí ha puesto y sigue poniendo en música colores y formas. Sonoriza la pintura. Sin duda alguna, este gran maestro cordobés –polifacético, como un personaje del Renacimiento– musicaliza pintando. Con despreocupados alardes de quien posee un oído de excepción y no ha creído oportuno ni divertido repetir novenas sinfonías pictóricas –que esas ya fueron perfectísimamente compuestas e interpretadas por Velázquez o Goya–, sino que ha querido crear e interpretar una sinfonía propia, original e inconfundible.
Utilizando el pincel a manera de batuta, como haciendo verdad ese entrañable paralelismo música-pintura, que se ha venido repitiendo en la Historia del Arte con los ejemplos de grandes pintores –Ingres, Rousseau– que como Botí fueron violinistas. Manejando el pincel como un arco de violín o como batuta, haciendo verdad lo que tan certeramente exaltó su amigo Rafael Alberti, en el canto al pincel de su gran libro A la Pintura, con aquello de:

A tí, vara de música rectora
concertante del mar que te abre el lino,
silencioso, empapado peregrino
de la noche, el crepúsculo y la aurora


A tí, jardín redondo, donde mora
de par en par pintada la belleza;
flor circular que irisa en su cabeza
del rayo negro al rubio de la aurora.


A tí, profundo espejo que atesona
todo el sinfin de la Naturaleza;
si sol cerrado, noche de grandeza;
si abierta luna, hora de sol sin luna.

 

 

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